Desde bien pequeños empezamos a ejercer el poder del Sí y el del No. Ante propuestas, dudas e ilusiones que constantemente surgen o buscamos, debemos decidir qué dirección optamos, si la aceptación o el rechazo.
Muchas veces son intrascendencias, pero en ocasiones se trata de decisiones que van a configurar nuestro existir, porque la vida se construye o destruye a golpes de Sí y de No.
Nuestra historia personal es esa cadena que cada uno va engarzando con sus decisiones. Unos lo definen como "el destino"; otros, como el resultado de sus aciertos y sus errores.
Pero no todo es del color que parece. Y mientras el Sí tiene un peligroso prestigio, el No tiene un erróneo rechazo.
A primera vista, un Sí es acuerdo, confianza... compromiso, mientras que un No se entiende como desacuerdo, desinterés... ruptura.
Es por eso que, ante cualquier demanda bien planteada, lo agradable, fácil y cómodo es decir que sí, porque aceptar no plantea disgustos, discusiones ni enfrentamientos... hasta que un día tal vez surgen.
Y entonces el generoso se transforma en negado, falto de criterio e irresponsable. Todo, porque no supo dar un no en aquel momento duro y conflictivo.
Después de un mal vicio, lo que más perjudica es dar el sí por el no, o a la inversa, porque exactamente eso es la equivocación.
Cada No sensato dado a tiempo es un Sí para la paz y el acierto de nuestra vida.
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