Y si me dicen que no?¿Y si me despiden? ¿Y si no me quieren? ¿Y si mejor es el deber del otro, que el mío? ¿Y si lo que yo digo no interesa? ¿Y si con este vestido parezco lo que no soy? ¿Y si no le atraen los calvos? ¿Y si llueve? ¿Y si se estropea? ¿Y si salgo a la calle y me atropellan? ¿Y si de golpe cojo el virus? ¿Y si me quedo atrapado en el ascensor? ¿Y si esta tos que tengo es cáncer? ¿Y si...?
¡AUXILIO! Quien va así por la vida, tiene todos los números para acabar prisionero e inmóvil en sus propios temores. No sólo no tendrá energía para ocuparse de sí mismo y enfrentarse al mundo en eso que llaman vivir, sino que la habrá malgastado en algo baldío. Como cuando se deja el grifo del agua abierto y no hay un recipiente que recoja el preciado líquido.
Aunque parezca excesivo, se sorprenderían de la cantidad de seres humanos que se mueven así, en la nebulosa de la preocupación. Que pierden su luz en sus oscuras cuevas.
El lenguaje, hablado, pensado o escrito, crea minuto a minuto nuestro mapa emocional, el modelo sobre el cual nos movemos por la vida. El poder de la palabra, es el poder del pensamiento y del acto.
¿Qué tal si en lugar de preocuparnos, conseguimos ocuparnos?
"No hay más bien ni mal que el pensamiento construye" - Shakespeare.
Ojo con lo que pensamos o decimos porque corremos el riesgo de que se convierta en realidad. Así de potentes son las palabras.
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